Madrid 28 de abril de 2020
La pregunta, el título de la sesión de hoy puede ser: ¿Estamos informados? ¿Nos fiamos de las informaciones, son confiables los informadores, nos vale el periodismo? ¿Es eficaz y suficiente el actual modelo informativo? ¿Va a durar? Y en un escalón más modesto: ¿Qué está pasando en el panorama mediático español, en qué andan los editores y los periodistas?

Estos días, cuando estamos saturados de la epidemia vírica convertida en pandemia se hace más evidente que antes esa otra epidemia global, generalizada y creciente; tan intangible, extendida y difusa como la COVID-19. Me refiero a lo que se empieza a calificar de “infodemia” entendida como “sobreabundancia de información… buena y mala, todo junto e indiferenciado”, de la que se aprovechan desaprensivos de todos los colores y tendencias, que confunden a ciudadanos de todas las clases e ideologías… La “infodemia” provoca desconfianza, confrontación, polarización social, que complican la conversación ciudadana, el diálogo político y el consenso social. Una epidemia viaja pero que este siglo ha convertido en pandemia, que afecta al funcionamiento de la democracia, a la geopolítica, a las relaciones internacionales y al (des)orden mundial. Algo que preocupa a todos los gobiernos que no aciertan a dimensionar y abordar la infodemia, que incluso se aprovechan de ella con objetivos políticos y electorales inmediatos.
Para el ciudadano no resulta fácil prevenirse, combatir y aislar esta “infodemia” que va más allá de la manipulación o la mentira (estas forman parte de la historia de los seres humanos). La “infodemia” es nueva, se cultiva en las oportunidades que trae la digitalización, y se ampara en la ingenuidad, la ofuscación, la indiferencia, el egoísmo, las pasiones… y también en el espacio que otorgan las libertades civiles y políticas de expresión e información. Como el virus que se aloja en una célula para destruirla, la infodemia ataca las células del entramado de las libertades.
Amparados en la libertad de expresión se cometen todo tipo de fecharías (Libertad, libertad, cuantos crímenes en tu nombre). Se nota confusión en torno al ejercicio de esa libertad. Por ejemplo: decía el pasado jueves una insólita nota de protesta del CGPJ contra el vicepresidente 2º del gobierno que “Desde el “más absoluto respeto al derecho a la libertad de expresión…”. Mal expresado, ¿cómo un absoluto es más o menos?, y más grave: la libertad de expresión no es absoluta, está limitada por otras libertades o derechos tan relevantes como ella. ¿No lo saben los ilustres y airados miembros del CGPJ? La confusión de conceptos va contra la libertad y la justicia. Aunque esa es otra asignatura que hoy no toca, pero a base de confusiones y de tolerancias extraviadas nos vamos deslizando hacia el precipicio, hacia el relativismo y hasta la anomia moral.
Hoy, para estar bien informado la dificultad no es localizar la información, las noticias y las opiniones que merecen atención, que informan y forman criterio; lo complicado ahora es distinguir, detectar, seleccionar lo bueno y rechazar lo malo. Identificar los BULOS (noticia falsa propalada por algún fin, según el DRAE), que hoy circulan con más abundancia que las noticias verdaderas. Un bulo tiene diez veces más de recorrido y difusión que su desmentido, cusa su efecto y se desvanece. De manera los “bulos” inciden en las decisiones de los ciudadanos, incluido el voto, afectan a la conciencia nacional y al estado de ánimo individual y colectivo.
La “infodemia” se cultiva y se asienta en la globalización, el cosmopolitismo y, sobre todo, en las nuevas tecnologías y las redes digitales; pero también en emociones y pasiones alentadas desde intereses, ideologías, nacionalismos y visiones totalitarias. La “infodemia” es la mejor aliada de los que quieren destruir la democracia. Produce escepticismo, relativismo y desprestigio de las instituciones democráticas. Las redes actúan como “cámaras de eco” que favorecen la polarización grupal que se refuerza con el flujo de noticias que refuerzan creencias poco fundadas o mentiras no sometidas a contraste y verificación.
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Pero volvamos al enunciado, al periodismo, al sistema informativo dominante. Voy a utilizar un esquema tópico, quizá jesuítico: De dónde venimos, dónde estamos y adónde vamos. Y antes de hacer ese recorrido anticipo a modo de declaración de principios o de conclusiones, creencia o esperanza personal, quizá insuficientemente fundada y justificada por los datos… pero es mi creencia/esperanza tras cincuenta años de ejercicio profesional y una sensación de impotencia, de jarrón chino retirado de la sala porque no hay donde colocarlo sin que estorbe.
Voy a hacerlo apelando a un breve discurso (doce minutos) que el presidente Obama pronunció en el homenaje a Walter Cronkite en septiembre 2009. Decía Obama: “Este es un momento difícil para el periodismo. Aunque crece el apetito por noticias y la información, las redacciones están cerrando. A pesar de las grandes historias de nuestro tiempo, los periodistas serios se encuentran con frecuencia sin empuje. Al tiempo que disminuyen las noticias se reduce lo fundamental de ellas. Llenan el hueco con comentarios apresurados, con cotilleos sobre algunos famosos o historias insustanciales. ¿Qué ha ocurrido hoy?, se reemplaza por ¿quién ha ganado hoy? El debate público se degrada, La confianza del público quiebra No somos capaces de entender nuestro mundo ni de entendernos unos a otros”
A Obama le obsesionó la polarización del debate político, social y cultural, el extremismo, el desinterés por la verdad. Pero esa obsesión del presidente Obama no se tradujo luego en resultados prácticos, ocurrió lo que advertía Churchill, lo complicado de la política es “pasar a la acción, poner en práctica”. La doble presidencia de Obama dio pocos frutos, sobre todo medido por las expectativas. De hecho, era un centrista que quería convencer y quizá buscaba ser querido y admirado.
Obama concluyó su breve intervención en los siguientes términos: “volverán los tiempos dorados del periodismo, los de Cronkite que perseguía la verdad, con honestidad, explorando nuestro mundo de la mejor manera posible”. Comparto esa creencia amparado en las ideas de Albert Camus, que me parece una referencia de autoridad para el periodismo permanente, que escribió en “Combat” a finales de 1944, cuando los aliados acababan de liberar París: “un país vale lo que vale su prensa. Debemos elevar este país elevando su lenguaje” (se refería al periodismo) Luego precisó una serie de principios sustanciales en los que debe asentarse el buen periodismo, que servían entonces y sirven ahora. Pero ese no es el asunto del que quiero hablar. Están escritos en muy pocas páginas, si os interesan.
Considero que hoy disponemos de buena información, mejor que nunca. Información y opinión diversas, críticas, documentadas. Pero hay que hacer un esfuerzo para localizarla y más esfuerzo aun para sortear las trampas, para no asumir como cierto lo que no lo es. De manera que personas que no quieran hacer ese esfuerzo corren el riesgo de intoxicación permanente. Disponemos de la mejor información, pero eso no quiere decir que sea la dominante; aquí vale también la famosa ley de Gresham para la moneda, la mala desplaza a la buena; el bulo sofoca la información rigurosa y ponderada. La mejor información obtiene una valoración discreta de parte de la ciudadanía que percibe manipulación, frivolidad y partidismo.
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Con ese marco de confianza en el futuro, voluntarista y voluntariosa, desarrollaré ese esquema que he llamado jesuítico.
A.- De dónde venimos: Pues venimos de una siesta, la que siguió a un éxito: el sistema de medios que salió de la convulsión de la II Guerra. El factor clave fueron los lectores y anunciantes que sustentaron el nuevo periodismo profesional, que pronto fue pujante. De la mediocre prensa militante del XIX y de la mitad del XX, pasamos al periodismo industrial y profesional sustentado en las rotativas y el consumo de masas que necesitaba de la publicidad.
El modelo de negocio era sencillo: ganar credibilidad y obtener una difusión que proporciona ingresos suficientes para alcanzar la independencia financiera; condición necesaria para una independencia editorial, acreditada en esa profesionalidad que produce credibilidad. El periodismo fue la voz de la sociedad actuando como control externo de los poderes, así los medios ganaron credibilidad, fueron útiles a los ciudadanos y lograron unos clientes que pagaban.
Momentos culminantes de ese éxito fueron el caso Watergate y la crítica a la guerra de Vietnam. Puedo poner más ejemplos, incluidos europeos y españoles, pero son conocidos y no quiero extenderme. Tan culminante fue ese momento que los poderes tomaron buena nota y empezaron a equiparse para neutralizar el periodismo. No han parado de equiparse desde entonces, tanto que se aproximan al objetivo de capturar el periodismo, de desnaturalizarlo.
Cundo el general Collin Powell dijo que no quería periodistas merodeando por el teatro de operaciones de la primera guerra de Irak (se acordaba de Vietnam) los poderes ganaron un primer round. Cuando Trump logró utilizar a los medios para que las críticas y las burlas le proporcionaran gratis la notoriedad que buscaba, la partida estaba perdida. Además algunos medios se entregaron cuando detectaron que la polarización y la militancia les iban bien, que su negocio no era las noticias sino proporcionar a un amplio grupo de ciudadanos lo que querían oír.
Vuelvo al caso español con un dato referido a los medios, a los diarios españoles, que sirve para otros países. En este negocio se ha ganado mucho dinero y se ha reinvertido muy poco en el sector. El año 2007 los diarios españoles facturaron 3000 millones€ y ganaron 300 millones€ con unos recursos propios de 300 millones en buena medida reservas autogeneradas y poca deuda. Cifras contundentes. La radio obtenía tan buenos o mejores resultados. Y además el dividendo intangible de la influencia. Luego siesta.
Ese buen negocio se esfumó rápido a lo largo de los años posteriores, especialmente de 2008 a 2013. Una larga siesta, entes y después de la crisis. Hoy el sector está en pérdidas, los balances son catastróficos, necesita recapitalizar, se endeuda, reclama ayudas y vende su alma. No sintieron cómo se movía el suelo bajo sus pies y no hicieron nada. Se distrajeron con las licencias de televisión, un negocio distinto y complejo que no entendían y en el que perdieron mucho dinero, energía y, sobre todo, independencia.
A la pregunta tópica ¿cuándo se jodió el Perú, en este caso los medios? tengo una respuesta: el día y hora (última década del siglo XX) en la que los grandes medios aspiraron a obtener del gobierno de turno el favor de una licencia de televisión y/o de radio. Ese fue el iceberg contra el que chocaron voluntaria e inconscientemente.
Seducidos por las licencias no entendieron que empezaba un mundo nuevo, una disrupción tecnológica, el fenómeno de la digitalización, las nuevas tecnologías a las que los medios no aportaron nada, no inventaron nada, no innovaron, no se pusieron a la hora ni al día. Vendieron su alma, precisamente cuando tendrían que haber estado más despiertos. Si hubieran invertido en su negocio y no en distracciones (el mito del multimedia, la diversificación y las sinergias) hoy la historia sería distinta.
Durante la “edad de oro” del periodismo, entre 1950 y 1990, dos generaciones de periodistas y editores profesionales construyeron medios sólidos, con personalidad, cada vez más poderosos e influyentes, en todos los ámbitos, del internacional al local, y en todos los sectores, de los negocios, al deporte, desde las ideas al entretenimiento. Un mundo que hemos vivido y conocido, del que sentimos nostalgia. Un modelo ahora agotado por tres factores confluyentes: el económico (le recesión), el tecnológico (la ruptura digital) y el profesional (la incompetencia, la siesta).
1.- El factor económico: (lectores y anunciantes): El impacto de las sucesivas crisis (la de 2008, la de 2010, la de 2020) y también los cambios industriales y tecnológicos (Internet y digitalización) abatieron los ingresos; para siempre en algunos casos como la publicidad que significaba la mitad de los ingresos. Hubo tiempo para reaccionar, para buscar alternativas, para ensayar. No lo hicieron. También entró en crisis la otra mitad del negocio, los ingresos que aportaban los lectores que de comprar el periódico pasaron a obtener gratis esa misma información (o parecida) a través de los buscadores de las grandes tecnológicas. Así que en pocos años las dos fuentes de ingresos se secaron.
Los diarios españoles ingresaron el año pasado menos de un tercio que el año 2008, están en pérdidas que disimulan como pueden, van vendiendo activos y aplicando ajustes poco inteligentes (malbaratan sus activos). Los balances están destrozados y el patrimonio evaporado. Los editores han desaparecido sustituidos por dueños y ejecutivos que no quieren serlo (son acreedores o liquidadores en busca de un buen bonus) o solo tienen interés en instrumentalizar las cabeceras.
El verano pasado decía yo en la UIMP de Santander: La crisis ha sido dura para editores que han visto esfumarse su patrimonio y su posición. Pero sobre todo se ha llevado por delante empleo y capacidades. Entramos en la crisis sobredimensionados (nuestra propia burbuja), y la pérdida acelerada de ingresos y márgenes impuso ajustes duros, mal explicados y peor aplicados. Reducir las plantillas solo aplazó los problemas para complicarlos. Cataplasmas. Las indemnizaciones elevadas (dicen que generosas) para que la gente se fuera dejó las cuentas de explotación aparentemente apañadas, pero incurriendo en costes devastadores sobre las redacciones, que afectan al valor de las marcas y deprimen la moral profesional. Hay medios que han perdido su carácter y ahora ignoran quienes son, de dónde vienen, y adónde van.
Y hace diez años en el Foro de Nueva Economía (2009) comenté:
“los periodistas no vamos a salir bien parados (de esta crisis), nos va a tocar buena parte de la factura. Me pregunto ¿Hay jefes con autoridad moral para plantear a sus redacciones el dilema entre empleo y salario? ¿Podemos imaginar acuerdos para diferir retribuciones hasta que vuelvan mejores tiempos? Despedir, ajustar eso que llaman pasivos laborales, cambiar redactores caros por baratos, experimentados por aprendices… significa también deteriorar el producto. Sin buenos editores no habrá espacio para el periodismo y sin buenos periodistas los editores lo tienen crudo. Algo de lo peor que nos ha pasado es que periodistas y editores distanciamos nuestros intereses hace tiempo, quizá por las intrigas de los gobiernos, por el tráfico de licencias y contratos, o por mala cabeza”.
Unos comentarios inútiles que molestaron a algunos colegas bien instalados. Los de los convenios a 80.000 € de coste salarial medio anual.
El año 2010 en una potencia que presenté con motivo de que España ejerciera la Presidencia Europea dije: “Los errores más serios no vienen del agotamiento del negocio central, sino de diversificaciones mal planteadas; de inversiones mal calculadas y peor ejecutadas; de compras equivocadas; de deudas asumidas con irresponsable alegría. El viaje al multimedia ha sido una aventura incierta. Las sinergias son hipotéticas, restan más que suman. Son errores graves de gestión. En este negocio se ha ganado mucho dinero y se ha reinvertido poco en el sector. Ganaron aquí para perder allá. Ahora la rentabilidad es más problemática, algunos pierden, el negocio está difícil, pero hay oportunidades, y hay que experimentar para ganar el futuro. Asumir errores y volver a intentarlo.”
Durante la gestación de la crisis (ya en el siglo XXI) los editores han mirado su dedo, y no el horizonte, ni el entorno; se opusieron con sorprendente unanimidad a la prensa gratuita, reclamaron (y reclaman) ayudas a los gobiernos, a través de los partidos; también a los del IBEX35, y se olvidaron de cuál es su negocio, su materia prima: los periodistas, la información y los ciudadanos. Y la independencia.
2.- El factor tecnológico ha laminado los sistemas de producción y distribución, (para bien), pero también, y es lo más importante, han liquidado el monopolio de la intermediación informativa que tenían los medios y los periodistas, que ya no son necesarios para obtener información. La ruptura de esa franquicia no la entendieron, ni asimilaron ni los editores ni los periodistas. La mayoría sigue mirando al pasado y reclamando ayudas públicas o privadas a cambio de su alma. Como Fausto la venden al diablo.
La revolución tecnológica no solo afecta al periodismo, las demás actividades y profesiones se han visto alteradas por la disrupción que supone la digitalización e Internet. Algunos sectores han desaparecido como los dinosaurios en su día, pero otros se adaptan, reinventan, y mejoran su posición para ganar el futuro. Para el periodismo Internet supone una gran oportunidad que por ahora solo ha sido parcialmente explorada y asimilada.
Hace diez años dije en público: “El periodismo anda aun asombrado, desconcertado, casi perdido ante la revolución digital, va por detrás de los acontecimientos, sin encabezar iniciativas de éxito. Pero como su función social es imprescindible acabará encontrando el camino correcto.
En eso estamos, sigo pensando lo mismo, sigue la búsqueda.
3.- El factor del modelo de negocio, del carácter. A las dos crisis anteriores y simultáneas se unió otra más grave: la quiebra del modelo de negocio, del paradigma del periodismo una vez roto el monopolio de la intermediación informativa. Los principios del periodismo profesional son permanentes: informar de lo que pasa, lo que interesa, hacerlo con claridad, tras una búsqueda diligente de la verdad, con verificación, al servicio del ciudadano, dando voz a todos los implicados… pero para hacerlo ahora las herramientas son distintas, los procedimientos han cambiado. Señalaba en Santander el año pasado:
“Me parece incomprensible que diarios de referencia mantengan la misma estructura y modelo que hace treinta años en una sociedad donde los flujos informativos han cambiado de forma radical. Hay que volver a pensar en los ciudadanos como objeto/sujeto del periodismo profesional; y a colocar en su sitio instrumental a las fuentes y sus intereses y pretensiones; hay que rechazar la agenda que imponen esas fuentes; dar la espalda a lo gregario, a la propaganda y la docilidad. Construyamos otro modelo. Otro modelo adaptado a las formas de lectura, de acceso de los ciudadanos.
Ahora la información es instantánea, en directo, las exclusivas se comparten al segundo, saber dónde y quién fue el origen de la noticia es complicado, la información llega, fundamentalmente, a través de las redes sociales, especialmente WhatsApp, que es el medio al que se otorga más o menos credibilidad según, cómo y quién, pero atención permanente, ¡es tan sencillo, tan inmediato! Además, al alcance del dedo, en el mismo teléfono mismo tiempo Twitter, Facebook o YouTube difunden comentarios, noticias, insidias… que permiten prescindir de los periodistas, utilizando a esos mismos periodistas cuyas informaciones difunden.
El caso de Twitter es interesante ya que es uno de las referencias de inspiración y consulta permanente de los periodistas que pescan en ese abrevadero como fuente y alerta, que lo utilizan para divulgar sus trabajos y que al mismo tiempo reciben la influencia del mismo, la interacción de crítica o aplauso que alimenta algunas bajas pasiones, que produce miedos o entusiasmos.
La mexicana Mónica Nepote en una reciente conferencia en la Fundación Telefónica dijo “Twitter, del diálogo que proponía al principio ha derivado en una burbuja de “opinología”. Ya no es un espacio de información, contraste y reflexión sino un espacio masivo de descalificación y odio donde todo el mundo es experto en algo o en casi todo” no son pocos los periodistas que tras conseguir decenas de miles de seguidores en Twitter (lo que consideran un gran activo) acaban apeándose de la aventura por los insultos, mentiras, deformaciones de las que son víctimas por anónimos descontrolados o muy controlados. Twitter se convierte en una autopista de conversación sin reglas, sin turno, sin moderación, sin respeto.
Otro pequeño ejemplo del cambio de paradigma que vivimos estos días: el formato de las conferencias de prensa, definitivamente averiado. Lo vemos en la Moncloa y ahora en Londres donde el primer ministro responde más que a periodistas a personas seleccionadas por una consultora que hacen preguntas en director o diferido. Los periodistas son innecesarios y cuando utilizan el formato tradicional apenas sirve por la multiplicación de medios, algunos sin estructura informativa, experiencia o preparación, que convierten el formato en poco operativo. Los artistas para promocionar una película o un acontecimiento reciben por turno de cinco minutos, uno de tras de otro, a periodistas previamente seleccionados sirven más a la promoción que a la información, al artista que al público.
A los responsables de las redes sociales no les interesa el periodismo, ni su disciplina; solo transmiten, no elaboran y huyen de cualquier responsabilidad editorial. Ahora disimulan y buscan excusas contratando verificadores externos para evitar responsabilizarse; su negocio es captar publicidad, marketing directo, utilizando la información como cebo, subordinando la información que es mero instrumento y no objetivo final. No responden de lo que difunden, no se responsabilizan, les da lo mismo distribuir verdad o mentira, buena información o basura.
Es algo que los editores y periodistas tenían que haber entendido, analizado y actuado en consecuencias. No lo hicieron, se entregaron al clic, a lo cuantitativo, a los buscadores, desdeñando el valor añadido de su trabajo, se olvidaron del cliente y se entregaron a la comodidad del gratis. Ahora quieren recuperar al cliente y el precio, con una suerte incierta ya que el “gratis” se ha instalado y costará dejarlo. La difusión de los diarios se ha venido abajo y no consiguen sustituir lectores por abonados de pago a sus ediciones digitales, entre otras razones porque los propios editores no han creído en el valor añadido de su trabajo. En vez de capitalizar sus redacciones las han reducido y devaluado. Los valores del periodismo, su deontología se ha deteriorado con la crisis, precisamente cuando más importantes eran para la credibilidad, que es la vacuna contra la “infodemia”. Unos pocos ejemplos que apuntaba en una conferencia en la UIMP en Santander:
“Es una vergüenza lo mal que rectifican los grandes medios, su resistencia a reconocer errores que debilitan su credibilidad.
Es una vergüenza la autopropaganda, que daña la credibilidad y desprecia al ciudadano.
Es una vergüenza la grosería en la descalificación de los competidores.
Todo esto se puede arreglar si una docena de personas deciden hacerlo, si uno empieza y nota el efecto, los demás le seguirán”.
Hace 15 años (2004) en el Foro de la Nueva Economía, cuando vivíamos en años felices, comenté en ese mismo foro:
¿Qué le pasa al periodismo de hoy? Va a menos y a peor; un deterioro con difícil enmienda; los daños puede que sean más serios de lo que parece. El griterío, la militancia desaforada, la arbitrariedad… se nota más que el buen trabajo. Lo extravagante se impone a lo riguroso. No son pocos los que creen que las noticias y los comentarios se compran y se venden, que todo es relativo y depende de quién ande interesado. Los agujeros en los buenos periódicos, el descrédito de los mejores noticiarios, es alarmante. Aquí y en los demás países, algunos con más tradición. Sin periodismo razonablemente independiente, plural y creíble, el modelo no funcionará. Pero el mismo éxito del periodismo trae consigo amenazas y fracasos. El periodismo es objeto de captura de todo tipo de intereses… que consiguen su objetivo.
Y dos comentarios adicionales que tienen que ver con lo que ha ocurrido durante estos últimos años: gigantes tecnológicos y politización.
Sobre las tecnológicas decía hace años.
“Facebook o Google han saqueado el negocio de los medios, les han privado de fuentes de ingresos (la publicidad) y, además se han apropiado de los productos de más valor: informaciones, crónicas, reportajes, artículos de opinión, entrevistas… para ofrecerles gratis, abiertos a quien quiera acceder a ellos a través de la red, de tabletas o correos electrónicas, con contenidos ordenados, indiciados, emitidos a borbotones abrumadores. Tienen problemas a la hora de valorar, de distinguir lo que es cierto y relevante de lo que no lo es, lo que es la naturaleza del periodismo, pero ese matiz esencial se da de lado y cursa en contra del periodismo y de su credibilidad, al quedar relegada la profesión a un papel de tonto útil, de proveedor sin poder efectivo. A cambio de clics se cede lo esencial, el trabajo con valor añadido. Y los agregadores y buscadores se quedan con los ingresos, con la publicidad que era la fuente de ingresos. Así que los medios ceden gratis lo que antes cobraban y además ven como se esfuman los ingresos publicitarios.
Sobre la politización, que yo llamo concupiscencia (apetito desordenado de placer), un tema viejo y permanente sobre el que decía el 2005 en el Club siglo XXI, cuando Zapatero y los editores guerreaban por las nuevas licencias de canales de televisión (la Sexta y Cuatro):
“sin arte ni parte, los periodistas nos vemos metidos en una bronca monumental, de esas en las que para entender lo que pasa, los no iniciados necesitan descodificador. Una bronca que puede llevarnos, de nuevo, a un estéril túnel de recelos y alineamientos coyunturales, como ocurrió hace ahora ocho años, el invierno de 1997, cuando la guerra de las plataformas, los descodificadores y los derechos del fútbol… que asoló el sector, en perjuicio de casi todos, con desastrosos efectos para la credibilidad de los medios y de los profesionales que los fabricamos. En este negocio perder credibilidad es lo peor que puede ocurrir. La credibilidad de los medios es el mayor desafío para los periodistas, es el oxígeno necesario para vivir. Un activo que se construye poco a poco y se destruye con velocidad. Muchos de los protagonistas más activos de aquel desastre de 1997, tan costoso para todos, ni están ni se les espera, pasaron por el sector como elefantes en cacharrería, se metieron en camisas de once varas para sacar ventaja, para ajustar cuentas, o por otras razones y causas… y luego desaparecieron de escena, dejando platos rotos, facturas sin pagar y enfrentamientos, odios en algunos casos, que durarán, servidos para largo. Aquella fue una guerra de restas, tuvo un efecto sustraendo para casi todos y un precio muy alto.
B.- Dónde estamos
Estamos en un momento de incertidumbre y cambio; al borde del precipicio. Lo nuevo no consolida y lo viejo no muere. Un momento de cabeceras zombis que se resisten a aceptar que están muertas; y de recién nacidos que no saben si van a crecer y cómo van a hacerlo. Es curioso que buena parte de los mejores periodistas del siglo pasado que fueron ajustados, despedidos, prejubilados en los ERES de la última década, son ahora promotores de las nuevas iniciativas digitales, en muchos casos, con las mismas estrategias de los zombis: publicidad convencional de eso que llaman IBEX o equivalentes, becarios, eventuales y bajos salarios. Pero van ocupando un espacio creciente de influencia que puede llegar a ser la semilla de los protagonistas del nuevo periodismo para el siglo XXI, ese al que aludía Obama y en el que creo.
Algunas de esas nuevas iniciativas digitales (El Diario o Libertad Digital) apuestas por un esquema de socios-amigos que aportan ingresos regularmente que sin ser aun suficientes significan una vía de financiación. Socios que no aportan capital ni tienen derechos por ello, pero que son algo más que suscriptores pasivos, que soportan, al menos emocionalmente el proyecto por su sesgo ideológico o por simpatía. Me parece un camino interesante y con futuro, en el fondo es volver al modelo tradicional de la doble vía: publicidad y lectores-suscriptores. El problema radica en lograr una base amplia y suficiente de suscriptores. Las grandes cabeceras en inglés (NYT, Economist…) han superado el millón de suscriptores y crecen cada día, pero se dirigen a mercados muy grandes con productos de mucha calidad. En el caso español la base es más modesta, falta espesor al mercado, a pesar de disfrutar de un activo tan importante como un idioma con 500 millones de hablantes, algo que casi nadie ha conseguido rentabilizar hasta ahora.
Si alguno de los grandes medios decide dejar de publicar cada mañana su periódico en papel, no me extrañaría. Quizá traten de mantener una edición de fin de semana, u otros formatos para defender el valor de marca, de cabecera, pero estamos ante el punto final del diario de papel e influencia que hemos conocido. Cada lector o suscriptor que pierden… no vuelve, elige otros soportes o procedimientos para informarse. Habrá algún tipo de medio, como hay libros, que sobreviva, pero no serán dominantes, ni generalizados, aunque pueden ser influyentes, medios de elite. El mercado se va a diversificar y ampliar.
Y con respecto a la televisión si los informativos tradicionales, los telediarios a hora fija, dejaran de emitirse en alguna de las cadenas o en todas, sustituidos por otros formatos a la carta, tampoco me sorprendería. La información en directo, caliente, instantánea, perpetua (aunque con rendimientos decrecientes) tiene valor y presencia creciente en el nuevo universo televisivo. Van a desplegar nuevos formatos y métodos, en plataformas abiertas o de pago. Este es un sector incipiente por su contenido informativo o analítico, pero va ser cada día más importante e influyente. Pero al futuro de la televisión habría que dedicar otra sesión con más preguntas que respuestas. Sospecho que es lo que viene, que será dominante como medio informativo universal, dominante, pero me parece que está en la fase inicial de un prometedor futuro.
Con todo esto quiero decir que estamos en un momento crítico de cambios en todos los ámbitos de la información. Los informativos de televisión, muchos de ellos de forma casi continua y en directo, sustituirán en influencia a los diarios tradicionales. Si esos diarios no se transforman perderán su sitio y desaparecerán. Eso a pesar de la calidad informativa de esos medios que ofrecen cada día contenidos de calidad, aunque sus líneas editoriales tropiezan con un déficit de independencia, al menos la percibida por los ciudadanos.
No está claro que la calidad garantice difusión, ni publicidad, ni siquiera lectores de pago. Por eso las cabeceras históricas pierden clientes mes tras mes y los nuevos no consiguen sustituirlos. Los ingresos por el lado digital son insuficientes para mantener la estructura informativa tradicional, necesaria para ofrecer buena información y opinión de forma continuada.
Hay medios que se han adaptado tras no pocos intentos innovadores. Algunas grandes cabeceras internacionales, asentados en grandes mercados, se han transformado y hoy pueden aspirar a ganar el futuro. Otro tanto vale para medios locales o especializados con público bien identificado y atendido. Todos ellos han superado el “gratis”, cuentan con clientes leales y exigentes a los que quieren ser útiles y han aprendido al uso de las nuevas herramientas tecnológicas, para informar mejor.
El fundador de Apple sostenía: “no podemos prescindir del criterio editorial de los grandes medios tradicionales”. Quizá eso explica que Bezos comprara personalmente el WP y haya decidido sostenerlo sin inmiscuirse más allá de alentar su modelo de periodismo profesional. Los medios necesitan editores, propietarios convencidos y profesionales que entiendan y profesen la deontología periodística. En resumen, volver al binomio Editor-Periodista que fue decisivo en la edad de oro de la segunda parte del siglo XX. Dos actores complementarios que se respetan y se exigen, que es una característica diferencial de este negocio que necesita dos espíritus (el económico-comercial y el informativo) que tienen que entenderse.
En cualquier caso, se ha producido un desplazamiento de los vectores de influencia, un cambio de actores y autores de la agenda informativa sometida a presiones de todos los interesados. Controlar la agenda, dictar la agenda, fijar las prioridades, ese es el objetivo de políticos y de los personajes de actualidad (deportistas, empresas, artistas…). Quieren fijar el marco, utilizan los medios que tienen no pocas dificultades para preservar su independencia. Más complicado: todos esos agentes que quieren dominar la agenda informativa pueden hacerlo por su cuenta, sin pasar por la intermediación del periodismo.
C.- A dónde vamos:
Vivimos un momento en que tendrán que decantarse los modelos de propiedad de los medios, es decir el papel y función de los nuevos editores que tendrán que pasar por la prueba del algodón de no incurrir en “conflictos de intereses”. Ese fue uno de los canceres que acabaron con muchos editores a finales del pasado siglo. Para hacer frente al “conflicto de intereses” solo hay una medicina preventiva bien conocida: transparencia e incompatibilidades.
La misma transparencia que los medios exigen a los gobiernos y a los demás, tendrán que aplicarse las empresas editoriales. Los medios transparentes explican su “modelo editorial”, su “compromiso con los lectores”, su “libro de estilo o código deontológico”, en resumen, sus límites y objetivos; explican quiénes son sus propietarios, de donde proceden sus ingresos, cuáles son sus resultados y su aplicación, cómo son sus contratos con derechos y deberes de sus periodistas. Construir reputación y credibilidad; acreditar su “propósito” por utilizar la terminología de moda en la responsabilidad social corporativa.
Y también incompatibilidades, ya que no se puede ser juez y parte. Los medios, el periodismo, gestiona la reputación de personas e instituciones y eso significa un compromiso social y moral que requiere derechos (libertad de información y expresión) y obligaciones (respeto a los otros derechos de las personas e instituciones). Articular estos dilemas constituye el reto del periodismo del futuro precisamente para tener futuro. Y esto es algo que trasciende a los propios editores y periodista, que debe interesar al conjunto de la sociedad, incluidos los poderes tradicionales, especialmente el judicial que es el árbitro final de la convivencia social.
Ma parece que necesitamos un marco nuevo para el ejercicio del periodismo y para el despeño de la libertad de información, del derecho de los ciudadanos a estar informados, el derecho a saber lo que ocurre. Hoy este derecho está amenazado. Este es un debate para nuestro tiempo que excede el ámbito nacional y que requiere aportaciones multidisciplinares desde la academia y la política. Un debate que debe llevar a conclusiones en forma de recomendaciones o incluso de legislación indicativa. La Unión Europea, con tradición y experiencia en la gestión de las libertades civiles debería contribuir a esta causa.
Casi todos los gobiernos pretenden someter a disciplina a los medios, regular la libertad de expresión, poner en marcha leyes antilibelo, denominadas de una u otra forma, todas muy patrióticas. Lo intentó Felipe González en su día, también Bush y Blair… Aunque nadie se atreve ahora a combatir en público “los males de la imprenta “; son muchos los que lo intentan con argumentos campanudos, para proteger a los ciudadanos de los excesos de la prensa. Muchos han tenido poco éxito, los tribunales siguen defendiendo la libertad de expresión incluso sus excesos considerados un mal menor o necesario; aunque hay atisbos de revisión, precisamente por los excesos… pero tenemos casos concretos, algunos países que han conseguido reducir o controlar la prensa imponiendo un modelo de libertad limitada.
Durante muchos años defendimos, que la mejor ley de prensa es la que no existe, conforme al espíritu y la letra de la 1ª enmienda de la Constitución norteamericana (materia no legislable, que el Gobierno no se inmiscuya). Hoy no lo tengo tan claro.
Por los conflictos de intereses, por la necesaria transparencia, por las recomendables incompatibilidades… quizá este es un momento en el que hay que pensar, al menos abrir el debate, cómo garantizar el marco de la libertad de información y cómo proteger el periodismo por su función social. Un debate peligroso pero necesario. Por ejemplo, creo que habría que explorar un estatuto del editor e incluso del periodismo, aunque me inquieta un resultado restrictivo.
He defendido la autorregulación, pero no hay garantías de que vaya a funcionar. Fracasó en Inglaterra y aquí no funciona. La autorregulación requiere que los autorregulados quieran… y, por ahora, no quieren. A la profesión le vendría bien para ganar credibilidad y respeto, pero no hay el menor interés. De manera que estamos en un momento divisorio, habrá cambios y van a contribuir a ellos muchos factores y autores. Pronosticar el futuro es muy arriesgado, probablemente inútil, pero en la confianza de este ámbito me atrevo a alguna hipótesis, como tercera parte de esta intervención.
C.- A dónde vamos:
Sospecho que en el futuro inmediato vamos a asistir a un proceso de consolidación del sector editorial de los medios semejante al que han sufrido otros sectores recientemente. Por ejemplo el bancario. El tamaño y la especialización van a contar. Sospecho que las debilidades financieras, de balance o de resultados, así como la necesidad de un editor al frente van a forzar fusiones de distinta intensidad con el resultado de una reducción de editores y cabeceras. Si hoy tenemos una docena de grupos editoriales de ámbito nacional-regional, en breve quedarán menos de la mitad, probablemente más fuertes y mejor dirigidos. Al mismo tiempo se multiplicarán las iniciativas sectoriales y especializadas que contribuirán al pluralismo y a la competencia leal.
También vamos hacia nuevos modelos laborales que la actual pandemia ha acelerado. Las grandes salas de redacción con puestos fijos y jerarquizados son reliquias, el trabajo en remoto, el trabajo individual o en equipo, pero a distancia, ocupará cada vez a más profesionales. Además, éstos tendrán que disponer de recursos y habilidades técnicas para investigar, para informar con imágenes, en prosa, con infografías… Y sobre todo con técnicas de verificación, de gestión de datos, de identificación de fuentes solventes… cumpliendo los principios permanentes de búsqueda diligente de la verdad y de verificación.
Los periodistas además de recursos tecnológicos tendrán que aprender marketing, conocimiento de su público; tendrán que pensar como profesionales independientes sean o no asalariados con contrato estable. Tienen que entender que para ganarse el sueldo hay que añadir valor en su trabajo. Una sociedad tan compleja y plural como la actual, más educada que nunca, aunque parezca desmovilizada, necesita del periodismo, de la buena información que valide los hechos ciertos y rechace los bulos. Por eso al periodismo se le abren oportunidades extraordinarias, al buen periodismo el que se gana el sueldo, el que tiene un precio de utilidad ciudadana. Para concluir reitero las palabras de Obama. “volverán los tiempos dorados del periodismo”. Amen.

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